jueves, 26 de noviembre de 2009

Incentivos, movilidad y buen periodismo

A mi lector en Bélgica (si, tengo un lector en Bélgica que no tengo ni idea de como llegó aquí ni tengo la más remota idea de quien es) debo explicarle que una de las preocupaciones más grande de la gente que vive en Bogotá es la movilidad. Creo que es un problema de todas las ciudades tan densas como esta, de primer y de tercer mundo. Mis lectores más cosmopolitas sabrán lo aterrador que es el tráfico de una ciudad como Los Angeles o las cosas que han debido hacer en Londres para aliviar el tráfico en el centro de la ciudad. De hecho son muy pocas las grandes ciudades que funcionan realmente bien en términos de transporte.

Bogotá tiene muchos más problemas. En primer lugar la malla vial ha llegado a un punto de deterioro tal que sería más barato mover la ciudad y construirlas otra vez que intentar arreglarlas. Le llamaré el problema del perezoso o del asignador miope de recursos: cuando un problema recién comienza es barato arreglarlo pero no es tan visible en el corto plazo. La racionalidad política dice que esos son problemas que es mejor dejar para después y mejor dedicarse a cosas más espectaculares. No los culpo, es una mezcla de incentivos y falta de recursos la que lleva al gobernante a preferir lo urgente a lo importante. Sin embargo, el problema está ahí.

En segundo lugar el transporte público de Bogotá es algo que da tristeza. No soy muy versado en la historia de la ciudad para poder decir "en este punto fue que la embarramos" aunque lo más probable es que haya sido una serie de decisiones equivocadas que terminaron por dejar mucho poder en manos de muy pocos. Hoy en día el transporte público bogotano consiste en tres grandes partes: en primer lugar el Transmilenio que consiste en corredores exclusivos que se dan a unas pocas empresas (4 ó 5 si no estoy mal) para que los operen y mantengan. En segundo lugar tenemos los taxis, no sé el número exacto pero deben ser unos 20 mil, o tal vez más, carros afiliados a diferentes empresas. Finalmente tenemos el servicio público colectivo: buses y busetas agrupados en diferentes cooperativas que cubren las rutas que no alcanza a cubrir Transmilenio.

Aunque cada una de estas modalidades tiene sus problemas que vale discutir a fondo, hoy quiero centrarme en el último: los buses y las busetas. Son uno de los grandes problemas que tiene el tráfico de la ciudad por dos razones principales: muchas rutas y muchos vehículos. El segundo es consecuencia del primero y es evidente con pararse en la carrera séptima con calle 19 y contar buses. Pasa un bus por toda la séptima hasta la 72, otro hasta la 100, otros dos hasta la 116, otros dos hasta la 127, otro hasta la 134, otro hasta la 142, otro hasta la 153 y otro hasta la 170 (y sé que se me quedaron algunos por fuera). Son 10 buses que hacen la mayor parte de su recorrido juntos ¿No sería mejor un solo bus por la séptima y que el usuario se bajara en la 72, 100 y demás?

La respuesta es que si y la (espero) solución a este problema se llamará Sistema Integrado de Transporte Público (SITP). Se pasará de las 50 o más empresas de buses a 13, una por cada zona determinada por el distrito. Un tiquete da para montarse en un bus, bajarse y continuar el recorrido en otro. Así las cosas a algunos se les hará más caro viajar pero todos llegaremos más rápido. Hasta ahora ha sido imposible porque es muy difícil ajustar los incentivos de todos los operadores que, como van por las mismas rutas, se odian a muerte y tienen todas las razones para irrespetar paraderos y cualquier otra regulación.

Además, existe en el imaginario popular la imagen del pobre dueño del bus que se quedará sin nada que comer si lo obligan a chatarrizar, basta recordar los alborotos por Transmilenio en Suba. En la mente de todo el mundo conductor=dueño lo cual está muy lejos de la realidad. Usualmente el "pobre" dueño del bus es un tipo que tiene otros 10 ó 12 buseticas. No son un emporio gigante, pero tampoco es que no tengan donde caerse muertos.

Para arreglar este problema se creo una solución que, a mi modo de ver, es genial: los requisitos para seguir operando en Bogotá incluyen tener mucha, mucha, mucha plata. Justamente la plata que tendrían los operadores pequeños si se agruparan. Como de algo tan bueno no dan tanto los transportadores pequeños salieron a quejarse diciendo que los iban a dejar por fuera, que se iban a morir de hambre y todas esas cosas que dicen los capturadores de rentas cuando les van a cerrar el chorro. Tanto que citaron al secretario de movilidad al Congreso para que explicara y, es en este punto, cuando llegamos al buen periodismo tan poco habitual en mi país.

De todo esto me enteré por la edición electrónica de Semana. Quienes abren con el rosario de quejas de los transportadores pero dan espacio a todos los implicados y llegan a una conclusión sensata: no se van a quedar por fuera, solo tienen que agruparse. En resumen, quejarse, patalear y amenazar no los va a llevar a ningún sitio. Se ha creado un sistema que los incentiva a unirse o a salir del negocio y, en ninguno de los dos casos, pueden hacerse las victimas. Ojalá todas las decisiones de política fueran tan simples y tan interesantes y ojalá todo el periodismo fuera tan balanceado.

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