lunes, 7 de diciembre de 2009

Singularidad

La palabra singularidad puede referirse a una de dos cosas, las dos apasionantes. Uno de sus usos se refiere a un lugar en el cual la gravedad es infinita, como en los agujeros negros, y, no sé, algo muy interesante pasa. Como no soy físico sino economista dejaré a los físicos explicar todo esto con más detalle (por lo menos una de mis lectoras es física y le gusta enseñar, así que este es el espacio...). El otro uso se acompaña de otra palabra: singularidad tecnológica. Esta se refiere a la idea de que, en un futuro, desarrollaremos sistemas computacionales tan complejos que darán origen a una consciencia artificial (léase: matrix). Una de las ventajas de llegar a la singularidad es que podemos descargar todo nuestro cerebro a un disco duro y vivir por siempre, al menos hasta que a uno de nuestros tatara-tatara-tatara-tatara nietos le de por ver porno en internet y bajar un virus que conviva con el antepasado.

Traigo esto dado que decubrí que la singularidad ya no es algo tan lejano y que, en efecto, una parte importante de mi ya reside en diferentes bits y bytes. El descubrimiento fue como casi todos los descubrimientos importantes. Primero un comentario por molestar "es que yo ya delegué la función de recordar teléfonos a mi celular", después síntomas que indicarían algo más grave como olvidar una reunión o no saber exáctamente de donde conocía a alguien. Luego llego la epifanía, hablando con un amigo descubrí que solo recordaría verme con él si lo anotaba en la agenda de mi celular. Finalmente ha llegado la singularidad... o el Alzheimer.

No es para pasarlo por alto. Cuando estaba en el colegio (hace apenas 10 años) sabía de memoria los teléfonos de, por lo menos, 25 o 30 personas. Era necesario, la alternativa tener una libreta de teléfonos para las cuales nunca he sido muy bueno. Libreta en mano buscar al personaje (o la personaje) y marcar, número por número, hasta lograr el resultado deseado: comunicación a distancia (tele-comunicación). Hoy en día el único esfuerzo que debe hacer mi cerebro es recordar si lo guardé como "Carlos Camacho", "Carlos Andrés Camacho" o "Camacho" a secas, como hacemos los hombres que estudiamos en colegios masculinos. Una vez ubicado el personaje es cuestión de espichar una tecla verde y listo. Comunicación instantánea y a distancia, no necesariamente restringida a Bogotá sino, ahora, a toda Colombia.

Tenemos entonces la singularidad: la parte de mi cerebro dedicada a recordar los teléfonos de mis amigos puede dedicarse a otras cosas más importantes, como recordar las letras de las canciones que me gustan o el recorrido del mundo 8-4 en Mario Bros (que es bien difícil). Ahora todos los teléfonos de la gente que conozco residen en un apartito negro que siempre llevo conmigo, si se pierde o se daña, no tengo más remedio que ser un paria. Poner mensajes angustiantes en messenger, facebook y decirle a mis amigos con los que todavía tengo contacto personal que le digan a mis otros amigos que no tengo teléfono y así recuperar mi vida. Casi tan angustiante como convivir con un virus porno.

Hasta hace relativamente poco era algo que me pasaba solamente con los teléfonos. Desde que comencé a trabajar (hace apenas cuatro años) hasta hace unos cuatro meses nunca se me pasó una sola cita. Jamás comprendía del todo a quienes vivían pendientes de Outlook como si en eso se les fuera la vida. En parte tenía que ver con el hecho de que, hasta llegar a mi trabajo actual, mi calendario consistía en una o dos reuniones al mes y llegar a mi casa los lunes a ver 24. Pero a medida que fue pasando el tiempo fuí requiriendo mayor espacio en mi cerebro para guardar las citas, desperdiciando espacio valioso para terminar el mundo 10 en pac-man o resolver un cubo Rubik. Así que decidí sucumbir y anotar cada cosa en mi agenda del computador con el gran (GRAN) problema de que no puedo aceptar nada a menos que lo tenga abierto. La parte positiva es que me siento importante ("puedo ver Dr. House el jueves, pero para estar seguro mejor reviso Outlook"), la parte negativa es que me siento tonto ("¿Qué voy a estar haciendo el 12 de diciembre?").

Así las cosas mi mente está parcialmente fusionada con las máquinas. No es algo que me escandalice o preocupe de forma persistente. Al fin y al cabo ya delegamos tareas más sencillas como sumar, restar, dividir e invertir matrices de 30 x 30 a las calculadoras (y súper computadores). Esa es la razón por la cual los economistas podemos hacer y hacer cálculos sin parar hasta dar con la variable que no se ajusta. Antes había que escribir un artículo justificando porque no gastamos tres semanas perforando tarjetas porque se nos pasó una matriz llena de ceros.

Esta entrada iba a tener un final espectacular, lleno de moralejas y buenas ideas. Un final que estuve creando durante una buena parte de la semana pasada (creánlo o no esta entrada es el fruto de una semana de inspiración, no parece, lo sé). De verdad, lo tenía todo: romance, intriga, emoción. Desafortunadamente, debido a mi mala memoria, decidí delegar a mi grabadora la función de recordarlo y, nuevamente por mi mala memoria, no sé donde la dejé... solamente debo recordar donde dejé la nota recordándome donde buscarla.

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