lunes, 26 de octubre de 2009

Los mamertos son tan simples que da risa

El gran debate de la semana pasada fue el presupuesto de las universidades públicas. Unos y otros afirman que hay un problema de plata que hay que solucionar. Un suceso puso en la mente de todos este problema: la retención que impusieron sobre el rector de la Universidad Nacional los estudiantes de la misma para pedir mayores recursos. Querían los estudiantes que el rector fuera a uno de los auditorios a "debatir" el tema con los estudiantes dolidos en el alma por su amada universidad. El rector, egresado de la Universidad Nacional, sabía (como saben todos y cada uno de sus estudiantes, aunque lo nieguen en público) que esos "debates" son un montón de gente que ya sabe el resultado del debate y unos pocos asustados que no dicen nada.

No estoy culpando a los asustados. Si yo fuera uno de ellos también estaría entre los asustados. Es difícil ser valiente cuando la contraparte en un "debate" es amiga de la mitad de las milicias urbanas de las FARC, los paras, el ELN o algún otro grupillo de esos. También se ha tocado este problema por parte de algunos, pero todavía muy superficialmente y sin la discusión necesaria.

Pero me estoy desviando del tema. La verdadera inspiración de esta entrada no es la demencia de algunos estudiantes en las universidades públicas ni los problemas de plata que enfrentan. Es, como cosa rara, una columna en El Espectador del domingo pasado titulada "En pie de lucha". Me gusta en la misma forma que a algunos les gusta "William Hung": es tan mala que es buena. No voy a listar aquí la cantidad de lugares comunes que contiene esa columna, solamente haré un par de observaciones.

Primera: podrían leer un artículo en semana.com sobre el tema de las universidades. No solo abarca el tema del presupuesto sino que hace un análisis más amplio del funcionamiento "político" de las universidades. La mejor frase: "En el campo académico están de cara al siglo XXI, mientras una asamblea estudiantil es como regresar a los años 60". Al leer la columna de El Espectador uno se siente devuelto a 1960. Para el autor de la columna el problema de las universidades públicas no es la corrupción de algunos funcionarios, el hecho de que nadie sabe en qué gastan la plata o el problema de que no han ampliado la cobertura. No, si el problema son "los negocios y la defensa a ultranza de los intereses del gran capital".

¿Qué es "el gran capital"? Ni idea. Cuando leo y releo esa columna no puedo evitar pensar que el autor se imagina un cuarto lleno de hombres con monóculos y sobreros de copa sonriendo mientras leen que la gente muere de hambre. Esta forma simplista de pensar tiene nombre "conspiracionista" y consiste en imaginarse que todos los problemas tienen una causa única o que hay un grupo muy poderoso encargado de manejar los "hilos del poder". Si fueran tan poderosos ya habrían mandado a desaparecer al columnista aquel, pero supongo que es una prioridad quebrar a las universidades públicas.

El simplismo conspiracionista atraviesa cada una de las frases que emplea el escritor (contra quien me ensaño porque representa la forma de pensar de muchos otros, solo que este tiene acceso a un periódico de circulación nacional). Por ejemplo, según admisión propia, todos los cambios importantes de la sociedad se han desencadenado gracias a un movimiento estudiantil ¿De verdad? La apertura económica fue un evento importante que mejoro la calidad de vida de todos los colombianos ¿Y los estudiantes? Protestando para que no lo hicieran. No voy a desconocer el mérito de muchos movimientos estudiantiles pero, siendo sinceros, tampoco es que sean lo último.

La segunda observación es más corta y tiene que ver con la pereza de nuestro estimado columnista (nuevamente, esto puede expandirse a casi cada persona que se quedó en la izquierda de 1960): según sus cifras el presupuesto del año entrante en educación es de 0,4% del PIB mientras que el de "guerra" es de 14,2%. Comparemos con los datos de alguien más: Salomón Kalmanovitz, quien tampoco es que quiera mucho al gobierno. Según él la educación se queda con el 3,8% del PIB mientras que la defensa con el 3,92% ¿A quien le creemos? ¿Al economista que vive de las cifras o al mamerto que delira con fantasías de grandes capitales?

Así las cosas el debate sobre las universidades públicas solo puede empeorar: a muchos no les importa, a muchos les parece que deberían cerrarlas y, los que las defienden, tienen entre sus aliados a personas como esta ¿Para qué hacerle caso a un mentiroso? Que triste es pensar que el debate está atrapado por quienes apelan al sentimiento y no por quienes apelan a la razón.

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